Este es un tema controvertido. Durante siglos, el concepto de elección y predestinación ha dividido el cristianismo entre el calvinismo y arminianismo. Estas dos corrientes teológicas han predominado hasta ahora y todavía no logran un consenso. Por otra parte, también hay muchas personas que rechazan la idea de una predestinación. Sin embargo, la Biblia enseña claramente que hay una elección y una predestinación, ¡y no es cómo lo enseñan calvinistas y arminianos! En realidad, cuando el apóstol Pablo escribió acerca de la elección, habría tenido en mente el concepto judío propio de la época. 

En la época del Segundo Templo (la época de Pablo), existían tres puntos importantes acerca del entendimiento de la elección. En primer lugar, la elección se entendía principalmente a nivel colectivo, no individual. Esto se explica a nivel cultural. En nuestra cultura occidental moderna la identidad de una persona se construye individualmente, pero en el Antiguo Cercano Oriente y el judaísmo de la época del Segundo Templo, la identidad de una persona se construía colectivamente. 

El grupo definía la identidad de una persona. Por esta razón, la Biblia siempre presenta a una persona mencionando el grupo o comunidad de procedencia. La mayoría de las veces, las personas son presentadas como el hijo de “alguien”, identificándolas con el grupo familiar de origen. Los ejemplos son muchos: “David, el hijo de Isaí” (1 Samuel 17:58), “Eliseo, hijo de Safat” (1 Reyes 19:16), “Zacarías, hijo de Berequías” (Zacarías 1:1), “Jonás, hijo de Amitai” (Jonás 1:1), “Josué, hijo de Nun” (Josué 1:1), “Jacobo, hijo de Zebedeo” (Mateo 4:21), “Simón, hijo de Jonás” (Juan 1:42), etcétera. 

En otros casos, las personas son identificadas con el pueblo o aldea de origen. También hay muchos ejemplos: “Miqueas de Moreset” (Miqueas 1:1), “Rut, la moabita” (Rut 1:22), “Urías heteo” (2 Samuel 11:3), “Elías tisbita” (1 Reyes 17:1), “Jesús de Nazaret” (Juan 1:46), “Saulo de Tarso” (Hechos 9:11), etcétera. El pueblo o aldea de origen podía decir mucho acerca de una persona. Cuando Felipe le dice a Natanael que “Jesús de Nazaret” era el Mesías, Natanael se hizo una primera impresión de Jesús considerando el lugar donde provenía (Juan 1:46-47). Por tanto, la identidad de una persona era colectiva, se definía a través de los ojos del grupo. Un judío era hijo de alguien, miembro de una tribu, y parte del pueblo de Israel [1]. 

En Medio Oriente, la vida en comunidad regía la sociedad. Por tanto, las acciones individuales tenían consecuencias inmediatas en todo el grupo. La deshonra de una sola persona traía vergüenza a toda la comunidad [2]. El pecado de una sola persona afectaba a todo el grupo. Así lo vemos en las Escrituras. Cuando Acán pecó tomando del anatema, todo Israel sufrió una vergonzosa derrota (Josué 7). Asimismo, los errores de los reyes traían consecuencias a toda la nación. Cuando David pecó censando a Israel, toda la nación sufrió una peste como castigo (2 Samuel 24). 

De la misma manera, la salvación no era vista en términos individuales, sino colectivos. Las expectativas mesiánicas de la época no esperaban una salvación individual del alma, sino la salvación y restauración nacional [3]. Por tanto, el trasfondo bíblico de la salvación no comienza con la elección individual de personas aisladas entre sí (como enseña el calvinismo y arminianismo), sino con la elección de Israel como pueblo de Dios (Deuteronomio 7:6; 2 Samuel 7:23-24). La elección no es individual, sino colectiva, pero el individuo puede participar de esa elección y convertirse en “elegido” incorporándose al pueblo escogido [4]. Cuando un judío de la época de Pablo escuchaba la palabra “elegidos” o “escogidos”, pensaba inmediatamente en el pueblo del pacto (Salmos 105:6; Isaías 45:4; Mateo 24:22,24,31; Lucas 18:7). 

En este punto, se debe considerar que la elección no se trata de una decisión soteriológica (la salvación de una persona) como enseñan calvinistas y arminianos. La “elección” no implica necesariamente “salvación”. De hecho, Pablo afirma que muchos “escogidos” no eran “salvos”. Pablo dice que había soportado muchas dificultades “por amor a los escogidos, para que ellos también obtengan la salvación” (2 Timoteo 2:10). Según Pablo, estos escogidos eran judíos, los cuales no habían creído en Cristo y todavía no obtenían la salvación. 

Más bien, la elección implica una tarea o misión en los planes de Dios. La elección de Israel es un buen ejemplo. La elección de Israel por parte de Dios no significaba salvar solo a Israel y condenar al resto de las naciones. La elección de Israel refleja el deseo de Dios de salvar a todo el mundo. Israel no tenía méritos propios para ser elegida por Dios (Deuteronomio 26:5). Sin embargo, Dios hizo un pacto con Israel para que fuera un reino de sacerdotes (Éxodo 19:6) y una luz para los gentiles (Isaías 49:6), para que todos los pueblos de la tierra conocieran el nombre de Dios (1 Reyes 8:43,59-60). 

En segundo lugar, la elección de Israel era condicional [5]. El pacto con Dios era condicional a escuchar su voz y guardar sus mandamientos (Éxodo 19:5-6). La obediencia a los preceptos de Dios traía bendición (Deuteronomio 26:1-4), y la desobediencia traía maldición (Deuteronomio 26:15-68). Los descendientes de Abraham entraban en el pacto de manera incondicional, sólo por haber nacido dentro del pueblo de Israel, pero la permanencia dentro del pueblo escogido era condicional a la obediencia y fidelidad al pacto. Si una persona vivía en constante desobediencia al pacto, podía ser cortado del pueblo escogido (Levítico 7:20-21, 17:10, Números 15:30, 19:13), perdiendo así su condición de “elegido”. Si bien el pacto de Dios con su pueblo se mantenía firme, aquella persona perdía su parte dentro la comunidad por sus propias acciones. Esta idea también se puede encontrar en la literatura de la época, como en los Salmos de Salomón [6], la Regla de la Comunidad de los Rollos del Mar Muerto [7], el libro de los Jubileos [8], o 4 Esdras [9], por citar algunos. 

En tercer lugar, las expectativas mesiánicas de la época del Segundo Templo creían que el Mesías encarnaría individualmente la identidad y el destino de todo el pueblo, actuando como “el Verdadero Israel”, y el “Gran Elegido”. Por ejemplo, en el libro de las Parábolas (1 Enoc 37-71) se presenta la figura mesiánica como “el Elegido” [10] y los santos se identifican con él [11]. Los manuscritos del Mar Muerto también dicen que la figura mesiánica encabezaría a los “escogidos de Dios” [12]. Por su parte, las traducciones y relecturas de los Cánticos de Isaías (Isaías 42:1-4; 49:1-6; 50:4-9; 52:13-53:12) entendían que el Mesías era el “Siervo de Jehová”, el “Elegido”, y también el verdadero “Israel”: “me dijo: Mi siervo eres, oh Israel, porque en ti me gloriaré” (Isaías 49:3). En los Salmos, el Rey Mesías también aparece representando al pueblo de Israel (Salmos 2, 72, 89, 110). Por tanto, la idea de que el Mesías representaba corporativamente a la nación de Israel era ampliamente conocida en el judaísmo del Segundo Templo [13]. 


Todo este entendimiento acerca de la elección en el judaísmo de la época del Segundo Templo habría tenido una gran influencia en la teología de Pablo. Pablo escribe acerca de la elección y predestinación, especialmente en sus cartas a los Romanos, Gálatas y Efesios, bajo este contexto. Por tanto, en lugar de leer a Pablo bajo la lente calvinista o arminiana, deberíamos hacerlo bajo la perspectiva judía de la elección. 

En el contexto de la elección, Jesús es el Cristo, el Elegido Supremo (Lucas 23:35). Los evangelios presentan a Jesús como el Verdadero Israel. Mateo aplica la profecía de Oseas 11:1 (“De Egipto llamé a mi hijo”), que originalmente se refería a Israel, directamente a Jesús (Mateo 2:15). Mientras que en Juan, Jesús se identifica a sí mismo como la “Vid verdadera”, un símbolo clásico judío que representaba históricamente a la nación de Israel (Salmos 80:8; Isaías 5:1-7). En las cartas de Pablo, Cristo es el cumplimiento de todo lo que Israel estaba llamado a ser. En Cristo convergen todas las promesas, el pacto y el propósito de salvación de Dios. 

Pablo también mantiene la idea judía de una elección corporativa. Por esta razón, las cartas de Pablo son comunitarias. Pablo usa constantemente los plurales (“nos escogió”, “nos bendijo”). Sin embargo, Pablo redefine las marcas de identidad del pueblo elegido. El pueblo de Israel tenía marcas de identidad, como la circuncisión, el día de reposo o la comida kosher, entre otros. Pero ahora, el pueblo de Dios ya no se define por la herencia genética judía, sino por “estar en Cristo” [14]. Esta es la frase clave de las cartas de Pablo. Pablo nunca habla de una persona elegida fuera de Cristo. La elección está centrada en el Mesías, y los creyentes participan de esa elección sólo al estar unidos a Él: “según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él” (Efesios 1:4). 

El plan de Dios no era elegir individuos aislados entre sí, como afirma el calvinismo y arminianismo, sino que el diseño original de Dios fue elegir a Cristo, el Israel perfecto, y un pueblo que estaría unido a Él. Por tanto, todos los que están unidos a Cristo por la fe participan de las bendiciones prometidas y forman parte del verdadero pueblo de Dios: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa” (Gálatas 3:28-29). 

Pablo también mantiene la idea judía de una elección condicional. En la carta a los Romanos, Pablo utiliza la alegoría del Olivo y las ramas desgajadas como ejemplo (Romanos 11:16-24). El olivo representa al pueblo de Dios. Las ramas judías fueron desgajadas debido a su incredulidad, mientras que las ramas gentiles fueron injertadas por su fe. Pero Pablo advierte a los gentiles que ellos también pueden ser cortados si no permanecen en Cristo. Por tanto, la permanencia dentro del pueblo elegido es condicional a la fe y fidelidad a Cristo, contrario a lo que dice el calvinismo, que enseña que una persona no puede perder su condición de “elegido” (“salvo siempre salvo”). 

La predestinación es otro tema importante de la elección. El verbo “predestinar” se traduce de la palabra griega “proorizo”. Esta palabra sólo aparece 6 veces en el Nuevo Testamento (Hechos 4:28; Romanos 8:29-30; 1 Corintios 2:7; Efesios 1:5,11), y en todas ellas nunca se aplica a los inconversos. En otras palabras, la predestinación no tiene relación con la salvación o condenación de una persona, como afirman calvinistas y arminianos. En la época del Segundo Templo se pensaba que Dios había decretado la elección del Hijo del Hombre [15] y que había trazado el destino final del grupo de elegidos [16]. En el entendimiento judío acerca de la predestinación, la preocupación no era el individuo, sino todo el grupo. En las cartas de Pablo, Dios no predestina a una persona, sino que predestina el destino de todo su pueblo. Y la predestinación de Dios para su pueblo es que se conviertan en la imagen de su Hijo (Romanos 8:29).


REFERENCIAS

[1] J. David Schloen (2001). “The House of the Father as Fact and Symbol: Patrimonialism in Ugarit and the Ancient Near East”. 
[2] David Desilva (2000). “Honor, Patronage, Kinship & Purity: Unlocking New Testament Culture”. 
[3] E. P. Sanders (1977). “Paul and Palestinian Judaism”. 
[4] William Klein (1990). “The New Chosen People: A Corporate View of Election”. 
[5] A. Chadwick Thornhill (2015). “The chosen people, election, Paul and Second Temple”. 
[6] Salmos de Salomón 3:11-12; 15:10. 
[7] Regla de la Comunidad - 1QS 1:16, 5:1-3. 
[8] Jubileos 15:26. 
[9] 4 Esdras 8:1,3. 
[10] 1 Enoc 45:3-4: 48:6. 
[11] 1 Enoc 38:3-6, 39:6-7.
[12] Comentario a Isaías (4Q161 / 4QpIsa).
[13] N.T. Wright (1997). “Jesus and the Victory of God (Christian Origins and the Question of God”. 
[14] A. Chadwick Thornhill (2015). “The chosen people, election, Paul and Second Temple”. 
[15] 1 Enoc 48:3,6. 
[16] 1 Enoc 1:1-2.