En Juan 8 se relata la historia de una mujer adultera perdonada por Jesús. La mujer había sido sorprendida en el acto de adulterio, y los escribas y fariseos la llevaron hacia Jesús con la intención de tenderle una trampa y condenarla a muerte. Pero Jesús pronuncia una de las frases más célebres: “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella” (Juan 8:7). Entonces los acusadores se retiran, acusados por su conciencia, y al quedar solos Jesús la perdona diciéndole: “Ni yo te condeno” (Juan 8:11). 

Dado que Jesús perdonó a la mujer adúltera, esta historia suele usarse para afirmar que Jesús habría quebrantado la ley de Moisés, ya que la mujer debería haber sido lapidada, tal como lo exige la ley, pero no ocurrió así. Sabemos que Jesús conocía perfectamente la ley judía. Los evangelios nos dicen que Jesús no vino para abrogar la ley, sino para cumplir la ley (Mateo 5:17). También sabemos que Jesús no cometió pecado alguno (Hebreos 4:15). Entonces, ¿por qué Jesús no condenó a una adultera a la lapidación como lo exigía la ley de Moisés? ¿Acaso Jesús quebrantó la ley de Moisés? Pues, cómo veremos, Jesús no invalidó la ley, sino que cumplió la ley hasta en el más mínimo detalle. 

Según la ley de Moisés, el adulterio era considerado un delito capital: “Si fuere sorprendido alguno acostado con una mujer casada con marido, ambos morirán, el hombre que se acostó con la mujer, y la mujer también; así quitarás el mal de Israel” (Deuteronomio 22:22). En Juan 8, parece claro que la mujer era culpable, ya que “había sido sorprendida en el acto mismo de adulterio” (Juan 8:4). Además, Jesús también parece reconocer la culpa de la mujer, cuando le dice que “no peque más” (Juan 8:11). Por tanto, según la ley judía, la mujer adultera debía ser castigada con la muerte. 

Sin embargo, la ley romana de la época no permitía a los judíos aplicar la pena de muerte (Juan 18:31). Según el Talmud, los judíos habían dejado de aplicar la pena capital cuarenta años antes de que el Templo fuera destruido [1]. Por tanto, el caso de la mujer adultera presentado a Jesús era una prueba de los líderes religiosos para acusarle: Por una parte, si condenaba a muerte a la mujer según la ley judía, los fariseos lo acusarían de sedición al desafiar la autoridad romana. Pero, si no condenaba a la mujer a la lapidación, lo acusarían de invalidar la ley de Moisés. ¡El caso parecía una trampa perfecta! 

Pero Jesús inclinándose hacia el suelo, “escribía en tierra con el dedo” (Juan 8:6). El relato no nos dice que escribía Jesús en suelo, por lo que existe mucha especulación. Algunos han sugerido que Jesús escribía los pecados de los acusadores [2]. Otros creen que estaba escribiendo algunos pasajes específicos de la Torá. Incluso, algunos sugieren que Jesús escribía en el suelo como una táctica psicológica para ganar tiempo y calmar la tensión de la multitud [3]. Todas estas conjeturas, aunque bien intencionadas, probablemente vayan en la dirección equivocada. En la cultura de Medio Oriente, en una “sociedad ligada al texto” [4], las pistas debieran provenir de las propias Escrituras. Al buscar en las Escrituras, solo encontraremos un texto que menciona la acción de escribir en el polvo, Jeremías 17:13: “¡Oh Jehová, esperanza de Israel!, todos los que te dejan serán avergonzados; y los que se apartan de mí serán escritos en el polvo, porque dejaron a Jehová, manantial de aguas vivas”

Existen muchos paralelos entre Jeremías 17 y Juan 8. Por una parte, Jeremías afirma que el pueblo de Israel había dejado a Jehová, “manantial de aguas vivas”, mientras que Jesús acababa de describirse a sí mismo como fuente de “aguas vivas” (Juan 7:37-38). En Jeremías, el profeta acababa de abordar el adulterio espiritual de Israel (Jeremías 17:1-3), y denunciar a los líderes religiosos que se oponían a su mensaje (Jeremías 17:18), mientras que Jesús se encuentra abordando el adulterio de una mujer y la oposición de los escribas y fariseos. Por tanto, cuando Jesús escribió en tierra, los judíos habrían evocado inmediatamente el mensaje de Jeremías. De cierta manera, Jesús les decía que Su mensaje había sido rechazado por los líderes religiosos de la misma manera que el mensaje de Jeremías en su época [5]. 


Entonces Jesús responde: “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella” (Juan 8:7). Por lo general, esta respuesta de Jesús ha sido malinterpretada de muchas maneras. Algunos creen que Jesús está invalidando la ley judía o que está siendo permisivo con el pecado. Pero lejos de rechazar la ley de Moisés, Jesús realmente se estaba guiando por ella. Según la ley judía, cualquier acusación de algún delito se mantenía por el testimonio de dos o tres testigos (Deuteronomio 19:15). La ley exigía que estos testigos fueran “los primeros” en aplicar el castigo y lanzar las piedras contra los adúlteros: “La mano de los testigos caerá primero sobre él para matarlo” (Deuteronomio 17:7). En este caso, Jesús estaba invocando la ley para que los testigos se presentaran y lanzaran las primeras piedras. 

Sin embargo, los acusadores “salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros” (Juan 8:9). Pero, ¿qué impulsó a los acusadores a retirarse tan rápidamente? Según la ley de Moisés, los testigos estaban sujetos a contrainterrogatorio. En el caso que los testigos fueran hallados falsos, se exponían a la misma pena de muerte por lapidación: “Y los jueces inquirirán bien; y si aquel testigo resultare falso, y hubiere acusado falsamente a su hermano, entonces haréis a él como él pensó hacer a su hermano; y quitarás el mal de en medio de ti” (Deuteronomio 19:18-19). 

Pero no sólo era importante la veracidad del testimonio, sino también la integridad de los propios testigos. La ley judía dice: “No admitirás falso rumor. No te concertarás con el impío para ser testigo falso” (Éxodo 23:1). Por tanto, la integridad y rectitud de los testigos era un elemento esencial del sistema judicial judío. Teniendo en cuenta esto, podemos ver que existen algunos detalles en el relato de la mujer acusada de adulterio que sugieren que los testigos del caso realmente no eran íntegros, sino corruptos. 

Por una parte, no se menciona al adultero. La ley de Moisés exigía que tanto el hombre como la mujer que cometían adulterio, ambos debían ser ejecutados: “Si un hombre cometiere adulterio con la mujer de su prójimo, el adúltero y la adúltera indefectiblemente serán muertos.” (Levítico 20:10). Sin embargo, los acusadores solo habían traído a la mujer, lo que resulta sospechoso. ¿Por qué no habían traído al hombre? Existe muchas posibilidades, como que el adultero simplemente era más rápido y alcanzo a huir, o bien, que los propios acusadores lo habrían dejado escapar [6]. 

Por otra parte, dado que el adulterio era un delito que se castigaba con la muerte, el que se diga que la mujer fue sorprendida “en el acto” parece sospechoso. Los amantes ilícitos tomarían todos los resguardos posibles para no ser descubiertos. Por tanto, rara vez se sorprende a la gente en adulterio, pero mucho más raro que dos o tres personas los sorprendan “en el acto mismo” [7]. 

Estos detalles plantean la duda si efectivamente toda esta situación estaba planeada de antemano. De hecho, algunos estudiosos sugieren que el marido de la mujer sospechaba de ella y había planeado atraparla en el acto con la ayuda de algunos cómplices [8]. Esto implica que los testigos no impidieran que el adulterio se consumara, o incluso que el marido y/o los testigos permitieran que el adultero escapara. Además, si el marido tenía sospechas de su mujer y no tenía testigos, en vez de crear deliberadamente una situación, la ley judía le permitía acusarla sin temor a ser castigado por una falsa acusación, invocando “la ley de los celos”, sometiéndola a un ritual llamado “sotah” o “las aguas amargas” (Números 5:11-31). En cualquiera de los casos, el marido y los testigos habrían cometido varios pecados en el asunto. 

El problema de la aplicación de la ley, por tanto, no pasaba por la pena capital, sino por la integridad de los testigos. De manera que la respuesta de Jesús se ajustó a la ley judía: “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella”. En otras palabras, Jesús les dijo: “Si no estás haciendo nada pecaminoso en esta acusación, entonces puedes castigar a esta mujer” [9]. Aunque no se puede afirmar que acusaran falsamente a la mujer, pues la habían sorprendido “en el acto mismo de adulterio” (Juan 8:4), el hecho de que no hayan rebatido a Jesús, y que huyeran rápidamente acusados por su conciencia, sugiere que estos testigos eran corruptos, lo que los dejaba inhabilitados. 

Finalmente, algunos autores plantean que, aunque los testigos de este caso eran pecadores, Jesús es el único que no tiene pecado, por tanto, era el único calificado para lanzar la piedra a la mujer. Pero Jesús no lo hizo, a pesar que la mujer había sido descubierta en adulterio [10]. Pero, ¿podía Jesús arrojar la primera piedra? La respuesta es no. La ley judía se lo impedía. Según la ley de Moisés, los judíos sólo podían lapidar a los adúlteros después que los testigos lanzaran las primeras piedras: “La mano de los testigos caerá primero sobre él para matarlo, y después la mano de todo el pueblo” (Deuteronomio 17:7). En este caso, como no había testigos competentes que lanzaran la primera piedra, ni Jesús ni el resto del pueblo podía lapidar a la mujer. Como vemos, Jesús no quebrantó la ley, sino todo lo contrario, la cumplió al pie de la letra. 


REFERENCIAS 

[1] Talmud de Babilonia, Sanedrín 41a y Shabat 15a. 
[2] Jerónimo. “Dialogus contra Pelagianos”, Libro II. 
[3] William Barclay (2012). “Comentario al Nuevo Testamento”, Volumen 06, Juan II. 
[5] Ídem. 
[6] J. Duncan M. Derrett (1963). “Law in the New Testament: The Story of the Woman Taken in Adultery” 
[8] J. Duncan M. Derrett (1963). “Law in the New Testament: The Story of the Woman Taken in Adultery” 
[9] Rightreason.org. “The Woman Taken in Adultery”.
[10] Christopher Marshall (2001). “Beyond Retribution: A New Testament Vision for Justice, Crime and Punishment (Studies in Peace and Scripture)”.