07 julio 2018

¿Cómo pudo la mujer lavar los pies de Jesús con sus lágrimas?


Cuando Jesús estaba en Betania fue invitado a comer a casa de Simón, y estando a la mesa una mujer pecadora, que vivía en la ciudad y que se había enterado de su visita, entró en casa del fariseo trayendo un alabastro con perfume. Los Evangelios relatan lo que haría esta mujer: 

“y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume.” Lucas 7:38 

Normalmente, cuando leemos esta historia, nos imaginamos a esta mujer derramando una cantidad increíble de lágrimas que alcanzaron hasta para lavar los pies de Jesús. Sin embargo, nadie es capaz de llorar tanto de una sola vez como para siquiera humedecer los pies de alguien. Entonces, ¿cómo pudo la mujer lavar los pies de Jesús con sus lágrimas? Por una sencilla razón. La mujer pudo regar muchas lágrimas en los pies de Jesús pues ¡estuvo guardando lágrimas en una botella durante toda su vida! 

En tierras bíblicas existía una antigua costumbre de guardar las lágrimas con la creencia de que cada lágrima derramada por una causa espiritual sería recompensada por Dios. Así que la guardaban en una redoma, una botella hecha de vidrio o cerámica, de hasta 15 centímetros de largo (foto abajo). Cuando una persona lloraba, tomaba esta redoma y la colocaba en su mejilla para guardar sus lágrimas, especialmente en tiempos de angustias. No se guardaban lágrimas de ira o rencor, por ejemplo. Sólo se guardaban lágrimas Justas (“Light through an Eastern Window”, K.C. Pillai).


En los hogares judíos había una botella de lágrimas por cada miembro de la familia, las cuales eran enterradas con ellos en su sepultura. Eran tan valiosas que se dice que si una casa estaba en llamas se guardaba primero la redoma de lágrimas antes que los muebles. En uno de sus Salmos David se refiere a esta antigua costumbre, confiando que Dios ya conocía todas sus aflicciones y las tenía escritas en su libro. Así que no tenía la necesidad de guardar sus lágrimas en una botella para recordárselas: 

“Mis huidas tú has contado; Pon mis lágrimas en tu redoma; ¿No están ellas en tu libro? (Salmo 56:8) 

Pero en algunos casos la redoma no sólo contenía lágrimas de su dueño, sino también las de su familia. Cuando una persona moría, todos los familiares traían sus redomas, y cuando comenzaban a llorar cada uno tomaba su redoma y guardaba sus lágrimas y también las lágrimas de toda su familia. Así que estas botellas eran extremadamente sagradas para ellos, pues representaban todos los dolores de cabeza, las penas y dolores de una familia, desde el abuelo hasta el niño más pequeño (“Strange Scriptures that perplex the Western Mind”, Barbara M. Bowen). 

Muchos estudiosos creen que cuando la mujer se acerca a Jesús llevaba consigo su redoma de lágrimas. La mujer estaba sacrificando una de sus posesiones más valiosas, algo que en Oriente se consideraba una verdadera desgracia, pues sería enterrada sin el vaso de las propias lágrimas. Pero para ella, estas lágrimas en la botella representaban todas sus aflicciones, todas sus penas y llantos acumulados durante toda su vida, y las regó en los pies de Jesús. ¡Qué gran ejemplo! Entrega todas tus aflicciones a los pies de Jesús, y Él promete algún día enjugar todas las lágrimas de tus ojos (Apocalipsis 21:4).

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