08 julio 2017

La resurrección de Jesús y la transformación de los discípulos


De todas las evidencias de la resurrección de Jesús, probablemente la más importante sea el cambio radical que experimentaron los discípulos. Por una parte, después de la crucifixión de Jesús, los discípulos estaban escondidos por temor de los judíos. Sin embargo, días después de la sepultura se les veía predicando en las calles de Israel sin temor hasta el punto de morir por defender el nombre de Jesús. ¿Qué ocurrió para que tuvieran este cambio radical? La Biblia dice:

“Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, (…)” Juan 20:19 

Después de la muerte de Jesús, los discípulos estaban escondidos por miedo a los judíos. Su líder había sido acusado de blasfemia (Mateo 26:65; Marcos 14:64), y condenado a una horrible muerte en la cruz. Habían quedado sin su Maestro, como ovejas sin un pastor. Sin embargo, la muerte de Jesús no fue lo que causó la mayor desazón en ellos, sino la manera cómo murió. Según la ley judía, el hecho de que Jesús haya muerto colgado en un madero como un criminal demostraba que Jesús era un hereje maldecido por Dios (Deut. 21:23), y que los fariseos tenían razón desde el principio, que durante tres años y medio habían estado siguiendo a un hereje, un hombre maldecido por Dios (“La Resurrección de Jesús”, William Lane Craig). ¡Para ellos fue realmente una catástrofe! Los fariseos también podían buscarles por herejes y correr el mismo castigo. 

Pero no sólo el miedo se apoderó de ellos, sino también el desánimo. Los discípulos tenían toda la predisposición de un judío para no creer en la resurrección de Jesús. Los judíos esperaban un Mesías que viniese a expulsar a los enemigos de Israel y restaurar el reino de David (Hechos 1:6), pero no creían – y no creen hasta el día de hoy - en un Mesías que muriese, ni mucho menos que resucitase. Los judíos creían en una resurrección general de los muertos en gloria al final de los tiempos (Daniel 12:2), pero no que alguien fuese levantando antes del tiempo de entre los muertos en gloria. ¡Los discípulos no esperaban la resurrección de Jesús! 

Lo que los discípulos podían hacer después de su sepultura era venerar la tumba de su Maestro como un santuario y preservar sus restos, pero no creer en una posible resurrección. Las mujeres, por ejemplo, fueron a la tumba a ungir el cuerpo de Jesús con especies aromáticas (Marcos 16:1; Lucas 24:1), tratando de preservar el cuerpo muerto, no esperando una resurrección. Y cuando hallaron la tumba vacía quedaron tristes y perplejas (Lucas 24:4), y lo primero que pensaron era que habían sacado el cuerpo de Jesús del sepulcro y no sabían dónde le habían puesto (Juan 20:2), pero no en una posible resurrección. Aún los mismos discípulos estaban llenos de dudas. Ante la noticia de que Jesús había resucitado ellos no creyeron (Marcos 16:11,13). E incluso algunos no creerían hasta no ver las heridas de las crucifixión (Juan 20:24-28). Pero también sabemos que nadie esperaba una resurrección de Jesús pues “aún no habían entendido la Escritura, que era necesario que él resucitase de los muertos” (Juan 20:9). 

Así pues se encontraban los discípulos después de la crucifixión: llenos de temor, escondidos, tristes, resignados, descorazonados e incrédulos. ¡Nada los haría cambiar de parecer! Entonces, ¿cómo es posible que todos los discípulos hayan predicado y expandido el evangelio de Jesús a todo el mundo si aún ellos mismos se veían incrédulos y poco convencidos de una resurrección? ¿Cómo es posible que estando escondidos por miedo a morir, luego hayan sido martirizados, ya sea crucificados, decapitados, desollados o quemados, por predicar firmemente el evangelio de Jesús? La única respuesta para tal cambio radical es ¡la resurrección real de Jesús! y que, ¡ellos vieron a Jesús resucitado! 

Si Jesús hubiera salido de la tumba medio muerto, arrastrándose y con necesidad de ayuda médica, no hubiera dado la impresión en los discípulos de que había vencido la muerte y el sepulcro, pero ellos vieron a un Cristo resucitado, triunfante sobre la vida y la muerte, y “esta fue la creencia que cambió a los descorazonados seguidores de un rabino judío crucificado, en los valientes testigos y mártires de la iglesia primitiva. Podían encarcelarlos, azotarlos, pero no podían lograr que ellos negaran sus convicciones” (“El Cristianismo ¿Historia o Farsa? – Josh MacDowell).


Podemos citar algunos de estas impresionantes transformaciones de los discípulos, como el de Pedro, quien luego del arresto de Jesús, lo abandonó (Mateo 26:56), negó tres veces que lo conocía (Mateo 26:69-75), y después de la sepultura se escondió por temor de los judíos (Juan 20:19), pero más tarde, lo vemos predicando a 3.000 personas (Hechos 2:14-41) y morir crucificado por el evangelio de Jesús. ¿El motivo de tal cambio? “Jesús se apareció a Pedro” (1 Corintios 15:5). 

Pero uno de los casos más dramáticos registrados en la Biblia es el de Jacobo, hermano de Jesús (Mateo 13:55; Marcos 6:3). Jacobo no creía que Jesús, su propio hermano, fuese el Hijo de Dios ni mucho menos fue su seguidor (Juan 7:5). Existen razones lógicas. Si tuviésemos un hermano que anduviese predicando que Él es semejante a Dios y que Él es el único Camino, la Verdad y la Vida, seguramente pensaríamos que está loco y que está ridiculizando el nombre de la familia. Sin embargo, sabemos que Jacobo (también llamado Santiago) fue uno de los primeros apóstoles de la Iglesia Primitiva (Gálatas 1:19), y que escribió una epístola presentándose como “Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo…” (Santiago 1:1). Menciona a Jesús, su propio hermano, como su “Señor”. ¿Qué debe ocurrir para que alguien incrédulo pueda creer que su hermano verdaderamente es el “Señor”? Más tarde, Jacobo moriría apedreado por orden de Ananías el sumo sacerdote predicando el evangelio. ¿Qué debe ocurrir para que alguien que no era seguidor de Jesús termine muriendo como un mártir predicando el evangelio? La única respuesta es que Jacobo tuvo que haber visto algo que haya cambiado su vida para siempre, algo que haya cambiado radicalmente lo que él pensaba. Jacobo tuvo que haber visto a Jesús resucitado (1 Corintios 15:7).
 

30 mayo 2017

El pan y la copa de vino de la Última Cena

En la última cena, Jesús tomó el pan y dijo “esto es mi cuerpo” y luego tomó la copa de vino y dijo “esto es mi sangre” (Mateo 26:26-28; Marcos 14:22-24; Lucas 22:19-20). Sin duda, estas son una de las palabras más misteriosas que pronunció Jesús y más difíciles de entender. Incluso, cuando ya las había pronunciado antes, muchos de los judíos no comprendían cómo sería posible comer su cuerpo y beber su sangre (Juan 6:52). ¿Qué significan las palabras de Jesús? ¿Cómo puede el pan ser su cuerpo y el vino su sangre?


Los católicos, por ejemplo, enseñan que, al momento en que los sacerdotes pronuncian las palabras de consagración, la sustancia del pan y el vino se transforman literalmente en el cuerpo y la sangre de Cristo. Esto es conocido como la doctrina de la transubstanciación. Pero esto no tiene fundamento bíblico. Lo cierto es que el pasaje resulta un misterio para cualquier lector, pero la explicación de tal enigma se encuentra en la tradición de la cena de pascua judía, donde Jesús y sus discípulos comieron el pan y bebieron la copa de vino. 

Si bien pensamos que en la mesa de pascua judía se bebía una sola copa de vino (que es lo que se hace en la Santa Cena), en realidad se bebían cuatro copas de vino. ¿Por qué? Porque cada una de ellas representaba las cuatro promesas de bendiciones hechas por Dios al pueblo de Israel cuando salieron de Egipto (“La Bendición Torá”, Larry Huch): 

“Por tanto, dirás a los hijos de Israel: Yo soy JEHOVÁ; y yo os sacaré de debajo de las tareas pesadas de Egipto, y os libraré de su servidumbre, y os redimiré con brazo extendido, y con juicios grandes; y os tomaré por mi pueblo y seré vuestro Dios; y vosotros sabréis que yo soy Jehová vuestro Dios, que os sacó de debajo de las tareas pesadas de Egipto.” (Éxodo 6:6-7) 

Así que, la primera copa de vino en la cena (kadesh) la llamaban la copa de la santificación: “…yo os sacaré de Egipto”. Al levantarla, el padre de familia y quien presidía la cena recordaba que Dios los había sacado de Egipto. Luego bendecía la copa, daba gracias por el fruto de la vid, la bebía y después se la entregaba al resto de la familia para beber de la misma copa. Jesús bendijo la primera copa, la tomó y la repartió entre los discípulos: 

“Y habiendo tomado la copa, dio gracias, y dijo: Tomad esto, y repartidlo entre vosotros;” (Lucas 22:17) 

Después viene la segunda copa (Mishpat), la que llamaban la copa de liberación: “…y os libraré de su servidumbre”. En esta ocasión, se recordaba la salvación de Egipto a través del Mar Rojo. El padre de familia mojaba su dedo en la copa y derramaba diez gotas de vino para recordar las diez plagas de Israel, luego oraba y después repartía la copa en la mesa. Tal como lo ordenaba la tradición, Jesús seguramente hizo lo mismo en la mesa con sus discípulos. 

Luego viene la tradición del pan. En la Santa Cena se recibe un trozo de pan, pero el significado más profundo radica en tres panes. En la mesa de la pascua judía había – y sigue habiendo - una bolsa especial llamada matzah tosh, que contiene tres panes sin levadura, llamados matzoh. Estos panes son planos, y agujereados. De estos tres panes, los judíos siempre tomaban el pan del medio y lo partían en dos pedazos. Cada pedazo se llamaba afikomen, una palabra griega que significa “el que ha de venir”. Así que una mitad del pan partido lo regresaban nuevamente en la bolsa, y la otra mitad la envolvían en una servilleta y la escondían hasta después de comer el cordero de pascua, algo así como un postre. ¿La razón? Ningún judío lo sabía, simplemente lo hacían. Sin embargo, cuando Jesús tomó el pan, les revelaría a sus discípulos la asombrosa y oculta verdad.


Los judíos no sabían por qué usaban tres panes, pero los cristianos de hoy sabemos que estos tres representan al Padre, Hijo y Espíritu Santo unidos por el simbolismo del matzah tosh. Cuando Jesús tomó el pan del medio les dijo a sus discípulos: “Esto es mi cuerpo” (Lucas 22:19). Jesús tomó el segundo pan, aquel que representaba a Dios Hijo, y les dijo: “Este soy yo”. Pero también les dijo que aquel matzoh era como su cuerpo, porque así como el pan no tiene levadura Él tampoco tiene pecado. Luego partió el matzoh, el afikomen, como símbolo de que Jesús, “el que había de venir”, siendo inocente sería entregado en muerte por nosotros: 

“Y tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí.” (Lucas 22:19). 

¡La pascua conmemorada por siglos se estaba cumpliendo frente a ellos en aquella mesa! El matzoh marcado y penetrado era símbolo de que su cuerpo sería marcado y herido, y que por esas heridas nosotros seríamos curados (Isaías 53:5). Luego, envolvió el afikomen en una servilleta y lo escondió, como símbolo de su sepultura, y que su cuerpo sería envuelto en una sábana. Y cuando finalizó la cena, lo trajo de nuevo a la mesa como símbolo de su resurrección. Luego de la cena, el padre de familia permitía que los niños jugaran a buscar el afikomen, aquel pedazo de pan que había sido escondido, y cuando era hallado se partía en muchos pedazos y se repartía a todos los que estaban sentados en la mesa, como símbolo de que Jesús puede ser hallado si nos volvemos como niños (Mateo 18:4). 

Cuando terminaba la cena de pascua (Séder) se tomaba la tercera copa de vino, a la que llamaban la copa de la redención: “…y os redimiré con brazo extendido y con juicios grandes”. En esta copa el padre de familia recuerda que Dios los redimió a través de la sangre del cordero inocente. Esta es la copa que los evangelios mencionan y que conocemos como la copa que Jesús tomó en la última cena. Los discípulos seguramente esperaban que Jesús recordara cómo Dios redimió Israel de Egipto a través de la sangre del cordero. Sin embargo, les dijo algo inesperado: 

“De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama.” (Lucas 22:20).

Así como la sangre del cordero en los dinteles de las puertas de las casas de los judíos los había redimido de la muerte de los primogénitos en Egipto, Jesús levanta la tercera copa y anuncia que su sangre sería la redención del pecado. Si el pacto que Dios había hecho con Israel se había ratificado repetidas veces con la sangre de animales sacrificados (Éxodo 24:7-8), esta vez, Jesús anuncia un nuevo pacto, no con sangre de corderos, sino con su propia sangre en la cruz, y sin necesidad de ratificarla repetidas veces, sino una sola vez y para siempre (Hebreos 9:18-28).


Y por último, en la cena se debía tomar una cuarta copa de vino llamada la copa de la consumación: “…y os tomaré por mi pueblo y seré vuestro Dios; y vosotros sabréis que yo soy Jehová vuestro Dios”. El padre de familia tomaba la copa y recordaba que Dios ha formado un pueblo santo para Él. Y luego se cantaba el hallel, la alabanza final de la pascua. Sin embargo, luego de tomar la tercera copa, Jesús deja de lado la cuarta y última copa y les dice a sus discípulos: 

“De cierto os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo en el reino de Dios. Cuando hubieron cantado el himno, salieron al monte de los Olivos.” (Marcos 14:25-26). 

Pero, ¿por qué Jesús no bebió la última copa? Porque en su primera venida Jesús vino a hacer un nuevo pacto a través de su propia sangre y así establecer su Iglesia, pero será en su segunda venida cuando venga a tomar a su pueblo - la Iglesia - y dar consumación de todas las cosas. Jesús aplazó tomar esta copa hasta cuando esté en el reino, su reino mesiánico. Así que cuando Él regrese y establezca su reino milenial en la Tierra levantará la copa de la consumación como Él prometió y dirá: “Os he tomado por mi pueblo y seré vuestro Dios por siempre”.
 

15 abril 2017

El cumplimiento matemático y profético de la entrada triunfal en Jerusalén


Cuando Jesús llegó al monte de los Olivos, cerca de Jerusalén, le ordenó a dos de sus discípulos traerle una asna y un pollino. Y cuando los trajeron pusieron sus mantos en ellos, Jesús se sentó encima y entró en Jerusalén en medio de una multitud que lo recibía con ramas de árboles y aclamándolo como el Rey de Israel diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! (Mateo 21:1-9). Entonces, cuando llegó a la ciudad, Jesús comenzó a hablarle a Jerusalén diciendo:

“¡Oh, si también tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz! Mas ahora está encubierto de tus ojos.” (Lucas 19:42)

Notemos que Jesús dice que este era “el día” para Jerusalén. Por siglos, estas palabras pasaron inadvertidas hasta que en 1894 Sir Robert Anderson, un erudito inglés que trabajaba en Scotland Yard, publicó el libro “The Coming Prince” (“El Príncipe que viene”), donde concluye,  mediante un impresionante cálculo matemático, que “el día” al que Jesús hace referencia es el día exacto en que el Mesías se presentaría a Israel. Para ello, Anderson estudió una de las profecías más conocidas de la Biblia: las setenta semanas de Daniel.

“Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos. Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos.” (Daniel 9:24-25)

De acuerdo a esta profecía, habría sesenta y nueve semanas desde la orden para restaurar Jerusalén hasta la llegada del Mesías Príncipe. De manera que Robert Anderson hizo el cálculo a partir de estas sesenta y nueve semanas para determinar el día de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Por lo tanto, antes de comenzar a interpretarla, debemos tener muy claro qué se entiende por una “semana” en la profecía de Daniel.

En la mentalidad occidental una semana es un periodo de siete días, pero para los judíos podía significar siete días (Éxodo 23:12), o también siete años (Génesis 29:27-28; Levíticos 25:3-4,8-10). Considerando que Daniel leía en las Escrituras que los judíos estarían cautivos en Babilonia setenta años (Jeremías 25:11-12; Daniel 9:2), Dios le revela que el tiempo del cautiverio espiritual de los judíos terminaría definitivamente en un periodo de "siete veces” aquellos “setenta años". Esto significa que las setenta semanas se refieren a un periodo de 490 años, y por lo tanto, cada semana es un periodo de siete años. Dado que cada semana es un periodo de siete años, entonces estas sesenta y nueve semanas representa un periodo de 483 años:

69 semanas x 7 años = 483 años

Sir Robert Anderson estimó que estos 483 años se cumplieron desde la orden para restaurar Jerusalén hasta ¡el día exacto en que Jesús hizo su entrada triunfal en Jerusalén! Pero, ¿por qué estos 483 años no terminan el día del nacimiento de Jesús, o el día de su bautismo? Pues, ni en su nacimiento ni en su bautismo Jesús se presentó a sí Mismo como Rey. Incluso, en muchas ocasiones los judíos lo quisieron proclamar Rey, pero Jesús lo evitaba cuidadosamente pues “su hora no había llegado” (Juan 6:15). Sin embargo, en la entrada triunfal Jesús se preparó intencionalmente para entrar en Jerusalén montado en un pollino para presentarse como Rey, tal como los profetas lo habían escrito. Este es el día de la llegada oficial del Mesías al pueblo judío:

“Alégrate mucho,  hija de Sion;  da voces de júbilo,  hija de Jerusalén;  he aquí tu rey vendrá a ti,  justo y salvador,  humilde,  y cabalgando sobre un asno,  sobre un pollino hijo de asna.” (Zacarías 9:9)

Hay que considerar también que estos 483 años no son de 365 días como los actuales. Cuando Daniel escribió esta profecía el año calendario en Babilonia – y también en Israel – era de 360 días. Este es un detalle no menor. Desde la orden para restaurar Jerusalén hasta la llegada del Mesías Príncipe debían pasar 483 años bíblicos, es decir, 173.880 días. Este es el famoso número de días de las sesenta y nueve semanas del magistral libro de Sir Robert Anderson.

483 años x 360 días por año = 173.880 días

¿Cuándo debemos comenzar a contar estos 173.880 días para saber el día exacto de la entrada triunfal en Jerusalén? El punto de partida es el día de la orden para restaurar Jerusalén. Esta fecha es clave para hacer el cálculo correcto de toda la profecía. En la Biblia encontramos cuatro posibles referencias a esta orden:

1.- El decreto de Ciro (Esdras 1:1-4)
2.- El decreto de Darío (Esdras 5:3-7)
3.- El decreto de Artajerjes a Esdras (Esdras 7:11-16)
4.- El decreto de Artajerjes a Nehemías (Nehemías 2:1-8).

Si estudiamos cada uno de estos cuatro decretos observamos que los tres primeros se refieren a la reconstrucción del Templo, mientras que sólo el decreto de Artajerjes a Nehemías se refiere a la reconstrucción de la “plaza” y “las murallas” de Jerusalén. Por lo tanto, esta orden debe usarse como punto de partida del conteo. Esta orden fue dada en el mes de Nisán (Nehemías 2:1), según la Enciclopedia Británica, el 14 de Marzo del 445 a.C.

A partir de esta fecha debemos contar 173.880 días. Sin embargo, el cálculo por días no es sencillo. Es conveniente entonces transformar estos días en años de 365 días para hacer el cálculo en nuestro calendario actual. Para saberlo debemos dividir estos 173.880 días por la cantidad de días que dura nuestro año actual, que es de 365,2422 días (el ,2422 corresponde a los años bisiestos):

173.880 días/365,2422 = 476,0677 años calendario actual

Los 173.880 días representan, por lo tanto, 476 años. Pero hay que considerar que hay una fracción adicional de 0,0677 días más. Esta fracción equivale a 24 días:
0,0677 x 365,2422 días año actual = 24 días

Tenemos una fecha concreta. Debemos contar 476 años y 24 días desde la orden de restaurar Jerusalén. Primero, si contamos 476 años desde el 14 de Marzo del 445 a.C. llegaremos al 14 de Marzo del 32 d.C.:

14 de Marzo 445 a.C + 476 años = 14 de Marzo 32 d.C.

Si contamos 24 días más desde el 14 de Marzo del 32 d.C. llegaremos a la fecha 06 de Abril del 32 d.C. Esta fecha es, según Sir Robert Anderson y de muchos investigadores, el día exacto en que Jesús entró en Jerusalén montado en un pollino. Este es el día en que las sesenta y nueve semanas de Daniel, profetizada con muchos siglos de anticipación, se cumplieron  con precisión matemática. Este es el día en que el Rey se presentó al mundo (Lucas 19:42).


19 febrero 2017

¿Qué himno cantaba Jesús con sus discípulos en la Pascua?

Uno de los aspectos menos conocidos de Jesús es que cantaba himnos. ¡Sí, Jesús también cantaba! Los judíos acostumbraban a cantar himnos en las fiestas de Pascua, Pentecostés y los Tabernáculos. Y también cantaban después que Dios hacía grandes proezas en favor del pueblo de Israel. Pues la Biblia también menciona que Jesús cantaba con sus discípulos durante la fiesta de la Pascua:

“Y cuando hubieron cantado el himno, salieron al monte de los Olivos.” (Mateo 26:30) 

Los judíos observaban la comida de Pascua con cuatro copas de vino, que representaban las cuatro promesas de bendiciones de Dios para Israel cuando fueron liberados de Egipto: “os sacaré”, “os libraré”, “os redimiré” y “os tomaré” (Éxodo 6:6-7), y que se debían beber en cuatro diferentes ocasiones durante la cena pascual (La Bendición Torá, Larry Huch). Junto con ello cantaban el “hallel”, que son los Salmos 113 al 118, llamados así porque comenzaban con la palabra “hallel” (“Aleluya”). Los judíos también lo llamaban el “hallel egipcio”, por tratarse de un recordatorio de la liberación de manos del faraón de Egipto.


Según la tradición judía, después de beber la segunda copa de vino, se cantaba la primera parte del hallel, los Salmos 113 y 114. Seguramente Jesús y sus discípulos cantaron esta primera parte. Después de beber la cuarta copa se cantaba la segunda parte del hallel, los Salmos 115 al 118 para así terminar la comida de Pascua. Sin embargo, Jesús terminó la cena con la tercera copa (“de la redención”) y no con la cuarta, cuando les dice a sus discípulos que aquella sería la última copa de vino que bebería hasta cuando la beba nuevamente en el reino de los Cielos (Mateo 26:29; Marcos 14:25). Así que después de esta copa de vino, Jesús y los discípulos cantaron la segunda parte del hallel y luego salieron al Monte de los Olivos (Mateo 26:30; Marcos 14:26).

Uno de los himnos que Jesús entonó dice: “Y la fidelidad de Jehová es para siempre” (Salmos 117:2) y otro que dice: “Alabad a Jehová, porque Él es bueno” (Salmos 118:29). Es increíble pensar que estando a minutos de ser traicionado, arrestado con espadas y palos, enjuiciado injustamente, abofeteado, escupido en el rostro, azotado, condenado a muerte y crucificado de la peor manera, sabiéndolo todo, aun así Jesús cantaba: “Y la fidelidad de Jehová es para siempre” y “alabad a Jehová, porque Él es bueno”. Qué tremendo ejemplo. Cuando estemos en situaciones difíciles de la vida, ojalá nosotros también podamos decir: ¡Dios es fiel siempre! y ¡Dios es bueno!

19 enero 2017

"Trinidad de trinidades": la firma de Dios en la Creación

Esto es fascinante. En 1932 Nathan H. Wood publicó en su libro “Los secretos del Universo” una impresionante analogía entre Dios y el Universo, y llegó a la conclusión de que Dios creó el Universo como una trinidad, como un modelo de sí mismo (Institute for Creation Research). De manera que podemos encontrar la firma de Dios como Autor de la Creación en el sello trinitario en el Universo. Dice la Biblia: 

“Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa.” Romanos 1:20 

Si logramos leer con cuidado, la Biblia está diciendo que ¡podemos entender la deidad de Dios simplemente observando las cosas creadas por Dios! Y si se trata de la deidad, uno de los conceptos más difíciles de tratar es la Trinidad. En término humanos, la Trinidad es un concepto muy difícil de entender y explicar. Pero, según la Biblia, ¿podemos entender la Trinidad de Dios simplemente observando las cosas creadas por Dios? Por supuesto que sí.


Sabemos actualmente que el Universo es tiempo, espacio y materia. Sin embargo, el Universo no es una parte de tiempo, una parte de espacio y una parte de materia. En realidad, el Universo entero es espacio, tiempo y materia (incluyendo la energía como forma de materia). Los tres son necesarios para que el Universo exista, y del mismo modo, los tres forman el Universo simultáneamente. La Biblia dice: 

“En el principio creó Dios los cielos y la tierra”. Génesis 1:1 

Vemos los tres componentes, el tiempo (“En el principio”), el espacio (“los cielos”) y la materia (“la tierra”), siendo creados por Dios simultáneamente al comienzo de la Creación. De manera que el Universo funciona como una tri-unidad. Por ello, los científicos lo llaman un continuo tiempo-espacio-materia. De manera similar, El Padre, Hijo y Espíritu Santo son tres personas distintas y necesarias para la deidad, pero al mismo tiempo, los tres simultáneamente forman la deidad. ¿Complejo cierto? Pues, si aún con el avance actual de la ciencia no comprendemos este Universo, mucho menos lograremos entender completamente a Dios, que es infinitamente superior.

Por ende, tanto el tiempo como el espacio y la materia trabajan distintamente pero simultáneamente como un Universo. E incluso se puede observar un paralelo entre estos tres componentes del Universo y las tres personas de la Trinidad. El espacio es el fondo invisible y presente en todo el Universo, tal como el Padre en la deidad. La materia revela la realidad del Universo, tal como el Hijo se reveló visiblemente. Y el tiempo hace que el Universo sea comprensible en los eventos que ocurren en él, tal como el Espíritu Santo nos revela todo. Y los tres, tiempo, espacio y materia, también funcionan en sí como una trinidad, formando aún una “trinidad de trinidades”

Por una parte, el tiempo es pasado, presente y futuro. El pasado no es igual al presente, y el presente no es igual al futuro. Pero tanto el pasado, como el presente y el futuro no forman tres “tiempos”, sino más bien, los tres son el “tiempo” y están en el “tiempo”. De igual forma, en la Trinidad no existen “tres dioses”, sino que las tres personas de la Trinidad son un solo “Dios” (1 Juan 5:7) y cada uno está en “Dios” (Juan 14:10-11). Y así también, el pasado, presente y futuro se relacionan entre sí, así como el Padre, el Hijo y Espíritu Santo se relacionan entre sí. El futuro es la fuente invisible del tiempo, manifestado momento a momento por el presente, y entendido en el pasado. Similarmente, el Padre es la fuente invisible, manifestado en el Hijo y comprendido sólo por el Espíritu Santo. 

Por otra parte, el espacio es altura, anchura y profundidad. La altura no es igual a la anchura, y la anchura no es igual a la profundidad. Pero tanto lo alto, como lo ancho y lo profundo no forman tres “espacios”, sino más bien, los tres son el “espacio”. Y como la altura, la anchura y la profundidad no se pueden separar ni funcionan por separado, así el Padre, el Hijo y el Espíritu no pueden trabajar por separado (Juan 5:17-30,32; Juan 10:30). Pero también encontramos un paralelo entre el espacio y la Trinidad. La altura se ve en la anchura y se experimenta en la profundidad. Similarmente, el Padre se ve reflejado en el Hijo, y el Hijo se experimenta en el Espíritu Santo. Cualquier punto en el espacio conlleva estas tres dimensiones (alto por ancho por profundo), por lo que Dios – en su totalidad – conlleva al Padre, Hijo y Espíritu Santo. De esto se trata “la matemática de la Trinidad”, 1 x 1 x 1 = 1. 

Y por último, la materia la encontramos en tres estados: sólido, líquido y gaseoso. Lo sólido no es igual a lo líquido, y lo líquido no es igual a lo gaseoso. Pero tanto lo sólido, como lo líquido y lo gaseoso no forman tres “materias”, sino que los tres son “materia” simultáneamente. Así podemos ver – por ejemplo – agua en estado sólido, agua en estado líquido y agua en estado gaseoso, pero a pesar de tratarse de tres estados de la materia distintos, siguen siendo “agua”. Algo similar ocurre con Dios. Cuando vemos al Padre, vemos a Dios, pero cuando vemos al Hijo también vemos a Dios, y cuando vemos al Espíritu Santo también vemos a Dios (Juan 14:9).