El mensaje a la iglesia de Laodicea: ¿ojalá fueses frío?


En los primeros capítulos del Apocalipsis encontramos siete cartas enviadas durante el primer siglo a siete iglesias de Asia Menor (en lo que hoy sería Turquía). La última de las cartas está dirigida a la iglesia de Laodicea. La Biblia dice:  

“Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.” (Apocalipsis 3:15-16) 

Normalmente se suele malinterpretar aquí los conceptos “frío”, “caliente” y “tibio” con el estado espiritual de las personas. Entonces decimos que el “caliente” es aquel creyente con fervor espiritual, mientras que el “frío” sería lo opuesto de lo caliente, la persona que está lejos de Dios. Por tanto, el “tibio” sería aquella persona que conoce a Dios, pero no tiene un mayor compromiso espiritual. 

Sin embargo, la advertencia que recibe la iglesia de Laodicea por parte de Jesús puede sorprendernos un poco: “¡ojalá fueses frío!”. ¿Qué significa esto? ¿Acaso los laodicenses debían “enfriarse” espiritualmente? Pues no. En realidad, lo frío, lo caliente y lo tibio tenía que ver ¡con el suministro de agua de la ciudad! 

Laodicea era una ciudad rica, pero carecía de agua de calidad. El río Lico donde se ubicaba se secaba por completo en verano. Sin embargo, la ciudad tenía otras dos fuentes de agua, una al norte y otra al suroeste. Al norte, en lo alto de una pequeña montaña, se ubicada la ciudad de Hierápolis, conocida hasta el día de hoy por sus aguas termales y medicinales. A lo largo de los siglos, los manantiales subterráneos de Hierápolis han creado un depósito de calcio blanco que produce una cascada de hielo que cae por sus laderas. En la actualidad, este atractivo turístico se conoce en turco como “Pamukkale” o "castillo de algodón" (“Misreading scripture with western eyes”, E. Randolph Richards, Brandon O´Brien). 


En el primer siglo, se construyeron acueductos para transportar el agua caliente de Hierápolis hasta Laodicea. Sin embargo, la distancia que recorría desde Hierápolis hasta Laodicea (alrededor de 8 km) hacía que el agua caliente de los manantiales llegara ¡tibia! 

Además, la gran concentración de minerales del agua provocaba algunos problemas. Por una parte, el calcio de las aguas obstruía las tuberías de Laodicea. Por esta razón, los ingenieros romanos del primer siglo diseñaron respiraderos, cubiertos con piedras removibles, para que las tuberías del acueducto pudieran limpiarse periódicamente de depósitos (bibleplaces.com). Y por otra parte, las aguas no eran aptas para beber, sólo para bañarse. El exceso de minerales podía provocar hipercalcemia y problemas digestivos. De manera que, el agua de Laodicea no solamente era tibia, sino que al tomarla provocaba ¡náuseas y vómitos! 



La otra fuente de agua de Laodicea estaba al suroeste, la ciudad de Colosas, conocida por sus aguas refrescantes y cristalinas que bajaban por los fríos arroyos del monte Cadmo. En el primer siglo, Colosas habría sido visible desde Laodicea. La Biblia dice que Epafras, colaborador de Pablo, trabajaba en Colosas, como en Laodicea y Hierápolis (Colosenses 4:13). Colosas probablemente era menos notable que Laodicea, pero tenía algo que Laodicea no tenía: aguas refrescantes. Se cree que el agua fría desde Colosas también era transportada por un acueducto hacia Laodicea, pero no hay evidencia arqueológica. Por supuesto, la distancia entre Colosas y Laodicea (alrededor de 12 km) y el calor de las tierras turcas habría hecho que el agua llegara tibia hasta la ciudad.

La tibieza natural del agua de Laodicea era indudablemente una queja normal de los residentes de la ciudad (“Comentario del contexto cultural de la Biblia, NT”, C.S. Keener). Los visitantes de la ciudad casi inmediatamente escupían el agua después de probarla (Israel Biblical Studies). Por tanto, Jesús compara el estado de la iglesia de Laodicea con el agua de la ciudad. ¡La iglesia era tibia y repugnante como su propia agua! Había perdido su esencia y utilidad espiritual. Por esta razón, Jesús prefería que "fuesen fríos o calientes". No se refería a que fuesen fríos espirituales, sino más bien, que fuese fría como el agua refrescante de Colosas, o caliente como el agua medicinal de Hierápolis, pero que fuera útil y efectiva en su función espiritual.