30 mayo 2017

El pan y la copa de vino de la Última Cena

En la última cena, Jesús tomó el pan y dijo “esto es mi cuerpo” y luego tomó la copa de vino y dijo “esto es mi sangre” (Mateo 26:26-28; Marcos 14:22-24; Lucas 22:19-20). Sin duda, estas son una de las palabras más misteriosas que pronunció Jesús y más difíciles de entender. Incluso, cuando ya las había pronunciado antes, muchos de los judíos no comprendían cómo sería posible comer su cuerpo y beber su sangre (Juan 6:52). ¿Qué significan las palabras de Jesús? ¿Cómo puede el pan ser su cuerpo y el vino su sangre?


Los católicos, por ejemplo, enseñan que, al momento en que los sacerdotes pronuncian las palabras de consagración, la sustancia del pan y el vino se transforman literalmente en el cuerpo y la sangre de Cristo. Esto es conocido como la doctrina de la transubstanciación. Pero esto no tiene fundamento bíblico. Lo cierto es que el pasaje resulta un misterio para cualquier lector, pero la explicación de tal enigma se encuentra en la tradición de la cena de pascua judía, donde Jesús y sus discípulos comieron el pan y bebieron la copa de vino. 

Si bien pensamos que en la mesa de pascua judía se bebía una sola copa de vino (que es lo que se hace en la Santa Cena), en realidad se bebían cuatro copas de vino. ¿Por qué? Porque cada una de ellas representaba las cuatro promesas de bendiciones hechas por Dios al pueblo de Israel cuando salieron de Egipto (“La Bendición Torá”, Larry Huch): 

“Por tanto, dirás a los hijos de Israel: Yo soy JEHOVÁ; y yo os sacaré de debajo de las tareas pesadas de Egipto, y os libraré de su servidumbre, y os redimiré con brazo extendido, y con juicios grandes; y os tomaré por mi pueblo y seré vuestro Dios; y vosotros sabréis que yo soy Jehová vuestro Dios, que os sacó de debajo de las tareas pesadas de Egipto.” (Éxodo 6:6-7) 

Así que, la primera copa de vino en la cena (kadesh) la llamaban la copa de la santificación: “…yo os sacaré de Egipto”. Al levantarla, el padre de familia y quien presidía la cena recordaba que Dios los había sacado de Egipto. Luego bendecía la copa, daba gracias por el fruto de la vid, la bebía y después se la entregaba al resto de la familia para beber de la misma copa. Jesús bendijo la primera copa, la tomó y la repartió entre los discípulos: 

“Y habiendo tomado la copa, dio gracias, y dijo: Tomad esto, y repartidlo entre vosotros;” (Lucas 22:17) 

Después viene la segunda copa (Mishpat), la que llamaban la copa de liberación: “…y os libraré de su servidumbre”. En esta ocasión, se recordaba la salvación de Egipto a través del Mar Rojo. El padre de familia mojaba su dedo en la copa y derramaba diez gotas de vino para recordar las diez plagas de Israel, luego oraba y después repartía la copa en la mesa. Tal como lo ordenaba la tradición, Jesús seguramente hizo lo mismo en la mesa con sus discípulos. 

Luego viene la tradición del pan. En la Santa Cena se recibe un trozo de pan, pero el significado más profundo radica en tres panes. En la mesa de la pascua judía había – y sigue habiendo - una bolsa especial llamada matzah tosh, que contiene tres panes sin levadura, llamados matzoh. Estos panes son planos, y agujereados. De estos tres panes, los judíos siempre tomaban el pan del medio y lo partían en dos pedazos. Cada pedazo se llamaba afikomen, una palabra griega que significa “el que ha de venir”. Así que una mitad del pan partido lo regresaban nuevamente en la bolsa, y la otra mitad la envolvían en una servilleta y la escondían hasta después de comer el cordero de pascua, algo así como un postre. ¿La razón? Ningún judío lo sabía, simplemente lo hacían. Sin embargo, cuando Jesús tomó el pan, les revelaría a sus discípulos la asombrosa y oculta verdad.


Los judíos no sabían por qué usaban tres panes, pero los cristianos de hoy sabemos que estos tres representan al Padre, Hijo y Espíritu Santo unidos por el simbolismo del matzah tosh. Cuando Jesús tomó el pan del medio les dijo a sus discípulos: “Esto es mi cuerpo” (Lucas 22:19). Jesús tomó el segundo pan, aquel que representaba a Dios Hijo, y les dijo: “Este soy yo”. Pero también les dijo que aquel matzoh era como su cuerpo, porque así como el pan no tiene levadura Él tampoco tiene pecado. Luego partió el matzoh, el afikomen, como símbolo de que Jesús, “el que había de venir”, siendo inocente sería entregado en muerte por nosotros: 

“Y tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí.” (Lucas 22:19). 

¡La pascua conmemorada por siglos se estaba cumpliendo frente a ellos en aquella mesa! El matzoh marcado y penetrado era símbolo de que su cuerpo sería marcado y herido, y que por esas heridas nosotros seríamos curados (Isaías 53:5). Luego, envolvió el afikomen en una servilleta y lo escondió, como símbolo de su sepultura, y que su cuerpo sería envuelto en una sábana. Y cuando finalizó la cena, lo trajo de nuevo a la mesa como símbolo de su resurrección. Luego de la cena, el padre de familia permitía que los niños jugaran a buscar el afikomen, aquel pedazo de pan que había sido escondido, y cuando era hallado se partía en muchos pedazos y se repartía a todos los que estaban sentados en la mesa, como símbolo de que Jesús puede ser hallado si nos volvemos como niños (Mateo 18:4). 

Cuando terminaba la cena de pascua (Séder) se tomaba la tercera copa de vino, a la que llamaban la copa de la redención: “…y os redimiré con brazo extendido y con juicios grandes”. En esta copa el padre de familia recuerda que Dios los redimió a través de la sangre del cordero inocente. Esta es la copa que los evangelios mencionan y que conocemos como la copa que Jesús tomó en la última cena. Los discípulos seguramente esperaban que Jesús recordara cómo Dios redimió Israel de Egipto a través de la sangre del cordero. Sin embargo, les dijo algo inesperado: 

“De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama.” (Lucas 22:20).

Así como la sangre del cordero en los dinteles de las puertas de las casas de los judíos los había redimido de la muerte de los primogénitos en Egipto, Jesús levanta la tercera copa y anuncia que su sangre sería la redención del pecado. Si el pacto que Dios había hecho con Israel se había ratificado repetidas veces con la sangre de animales sacrificados (Éxodo 24:7-8), esta vez, Jesús anuncia un nuevo pacto, no con sangre de corderos, sino con su propia sangre en la cruz, y sin necesidad de ratificarla repetidas veces, sino una sola vez y para siempre (Hebreos 9:18-28).


Y por último, en la cena se debía tomar una cuarta copa de vino llamada la copa de la consumación: “…y os tomaré por mi pueblo y seré vuestro Dios; y vosotros sabréis que yo soy Jehová vuestro Dios”. El padre de familia tomaba la copa y recordaba que Dios ha formado un pueblo santo para Él. Y luego se cantaba el hallel, la alabanza final de la pascua. Sin embargo, luego de tomar la tercera copa, Jesús deja de lado la cuarta y última copa y les dice a sus discípulos: 

“De cierto os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo en el reino de Dios. Cuando hubieron cantado el himno, salieron al monte de los Olivos.” (Marcos 14:25-26). 

Pero, ¿por qué Jesús no bebió la última copa? Porque en su primera venida Jesús vino a hacer un nuevo pacto a través de su propia sangre y así establecer su Iglesia, pero será en su segunda venida cuando venga a tomar a su pueblo - la Iglesia - y dar consumación de todas las cosas. Jesús aplazó tomar esta copa hasta cuando esté en el reino, su reino mesiánico. Así que cuando Él regrese y establezca su reino milenial en la Tierra levantará la copa de la consumación como Él prometió y dirá: “Os he tomado por mi pueblo y seré vuestro Dios por siempre”.
 

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